miércoles, 24 de febrero de 2016


El día que entré a un cine porno

¡Espera! Le dije como si lo que estábamos por hacer fuera a poner en riesgo nuestras vidas. ¿Estás segura de que deseas hacer esto? Aún podemos dar la vuelta y pensar en otras opciones.

Mientras esperaba su respuesta, dos hombres de edad avanzada con trajes de paño que daban evidencia  del largo uso al que habían sido expuestos, pasaron junto a mí tratando de ocultar sus rostros e hicieron algún comentario que no escuché, o que, francamente, fingí no haberlo hecho.

Me parece algo muy extraño, pero definitivamente quiero saber cómo es, entremos, dijo ella.

Ingresamos al lugar un poco dubitativos, expectantes, desconfiados, por todo lado era posible ver cuadros que representan imágenes sexuales, mujeres en posiciones tentadoras y llamativas. Aquel que conozca bien la risa nerviosa que brota de las personas en momentos poco cómodos, sabrá exactamente de qué manera nos mirábamos y sonreíamos. Nos dirigimos al fondo del pasillo, lugar donde se encuentra la taquilla, preguntamos por la siguiente función y pagamos dos boletas, caminamos hacia la sala en la cual se proyectaría la función y entramos.

¿Han hecho el ejercicio de imaginar una sala de cine y cada una de las cosas que la compone? ¿Recuerdan las pantallas grandes que permiten una excelente imagen, acompañadas de un gran sonido, el suculento olor a palomitas de maíz bañadas en mantequilla, los perros calientes, los dulces, las gaseosas, los nachos que se untan en el exquisito queso derretido; la tranquilidad de poder sentarse en una silla limpia y cómoda, y la seguridad de sentarse junto a alguien desconocido?

Todo, y me permito enfatizar en ello, absolutamente todo en este lugar, resultaba la antítesis de lo anterior, la contradicción más profunda. Recordé incluso aquellas noticias que publicaban los periódicos amarillistas acerca de las agujas infectadas de sida que ponían algunas personas en las salas de cine xxx, razón por la cual, preferimos hacernos hacia un costado de la sala y permanecer de pie.

No duramos mucho tiempo en la función, las imágenes que empezamos a ver, no precisamente en la pantalla de la sala, sino en las sillas hacia las que se dirigían ahora nuestras miradas y pensamientos, nos hicieron tomar la decisión de salir de allí.
Los dos hombres que habían entrado al teatro poco antes que nosotros, empezaron a masturbarse mutuamente mientras se besaban. Arriba, una mujer que se encontraba acompañada, se arrodillo y empezó a darle sexo oral a su compañero; yo, por mi parte, quise disimular un poco la inexperiencia y sin pedir permiso toqué la cola de mi amiga y la besé.

¿Qué haces? Preguntó, un poco exaltada y molesta.

Me camuflo, le dije. Parece que la están pasando bien. Nos reímos y seguimos besándonos. Aprovecho la oportunidad para decir que siempre había querido besarla y curiosamente, la situación y el lugar, me permitieron hacerlo.

Mientras la función continuaba, lo que sucedía ante nuestros ojos fue siendo cada vez menos soportable. Los nervios, el miedo, y lo impactantes que resultaban las imágenes que veíamos, superaron por mucho la valentía que con tanto esfuerzo habíamos reunido para entrar. Nos fuimos de ahí.   


Ya afuera dejamos que la tranquilidad nos invadiera, y como si nuestra experiencia se hubiese dado en una función de humor, empezamos a reírnos sin pausa. Unos minutos después tomamos un taxi y nos alejamos de uno de los pocos teatros eróticos que aún sobreviven en Bogotá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario